miércoles, 11 de noviembre de 2009
La Nada (II)


Vacía, ausente, cansada, cansada de mi, cansada de todo, cansada de nada. Blanco, sin nada, sonrisa enterrada. Sin ganas de nada y por nada me pierdo en la nada. Y no se ve nada, no acierto a ver nada. Y ya es de noche, escucho ruidos de coches, percibo movimiento, que yo ni lo intento.
Me viene a la mente la palabra esperanza, como queriendo llamarla, escucharla, sentirla, tocarla, esperando a que pase algo que me devuelva a la calma. Sé que la respuesta está en mi, se me hace un nudo en la garganta, como queriendo llorar, gritar, no puedo… Y todo se queda dentro. Suspiro y pienso en todo esto, quizá no debería pensar, pero entonces si no pienso qué hago… Odiarme más es lo que estoy consiguiendo, me parezco egoísta, gilipollas, pierdo el tiempo. ¿Acaso hay razón alguna para este tormento?
Rodeada de gente y sin embargo en estos momentos daría lo que fuera para desaparecer de aquí y viajar a una isla desierta, en un lugar que nadie conociera, ni existiera… Así al menos no formaría parte de algo y la nada sería todo.
Nada, en pocas palabras.
Respiro miedo, me invade por segundos, cada segundo me sabe eterno. Si alguien me llamase me rompería cual cristal cuando cae al suelo. No quiero, no quisiera que alguien supiese de estos momentos. Quizá me cubriría con mi careta y mi caparazón, si y luego actuaría mi otro yo, el del miedo, el de la nada. Horrorosa actuación digna de galardón a la cobardía de vivir, con banda sonora de la estupidez y lo que es peor, de la frialdad. ¿Y qué culpa tienen los demás? Si se pudiese explicar, comprender la nada, pero es tan falso este velo que me ciega sin yo verlo.
Suspirar, nada más, pedacitos de miedo que se van, mi consuelo.
Quiero respirar otro aire, ¡Que me abrace el mar y me rompa en mil pedacitos! y luego resurgir de la caricia de la espuma de esa ola que hoy no me llegó a su tiempo. ¡Que me destroce!, porque tengo la culpa de haber creído que no me esperaba, ¡la traicioné! ¡Que me golpee fuerte! para que mi corazón lata con fuerza y no se avergüence. Y que mis ojos quieran ver el horizonte y no perderse. Y el resto de mi cuerpo que se destense y se suelte de las cuerdas a las que me tiene atada este miedo, esta nada.
Y nadar sin ahogarme, soltar este nudo de la garganta, que es un filtro que solo dejan pasar al miedo.
¡Déjame beber de tus aguas, mar!, que la sal me hiera las heridas del alma y así poder gritar a gusto y lograr no querer jamás, o al menos intentar no volver a caer en sus garras.
Y respirar.


(5 de noviembre de 2008)


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Publicado por Mientras_haya_mar @ 14:26  | Tristeza
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